THE MESSENGERS (de Oxide y Danny Pang, con Kristen Stewart y Dylan McDermott. 2007)
Debía haber dedicado esta entrada a hablar de lo último de Terry Gillian, pero no he podido dejar pasar esta oportunidad. Por fin ha llegado. Después de muchos años de espera ya podemos disfrutar de la definitiva Película-Homenaje a todos los filmes mediocres de terror de los 90. Yuju.
En el póster promocional de la película podemos leer lo siguiente: "Es un hecho demostrado que los niños tienen una percepción especial hacia lo sobrenatural. Ellos ven lo que los adultos no pueden y creen lo que los adultos niegan. Y tratan de avisarnos". No intenten sacar nada más de The Messengers: se obtiene más resultado tratando de ordeñar un sofá-cama.
Imagino a los hermanos Pang (nombre apropiado donde los haya) tratando de vender la idea a un productor tendente a la caridad: "trata de un niño un poco autista -sí: un poco autista- que ve fantasmas y los señala con el dedo, pero los adultos no ven nada". "Oh, pues suena muy bien, señores Pang, ¿y qué pasa luego?" Y ese es el momento en el que los Pang, que no tienen ni zorra, se dedican a improvisar tratando de colarle al productor caritativo trozos de las pelis de terror que han visto ultimamente. Y lo peor es que los cuelan.
Lo que los Pang hacen con The Messengers no tiene nombre. Toda película de terror, por mala que sea, merece tener un argumento: aunque cojee por todas partes, aunque dé risa, aunque sea menos innovador que una cinta española de la Guerra Civil. ¡Vive Dios! ¡Merece tener uno! A The Messengers la han negado ese derecho inalienable, y con ello me niegan a mí la posibilidad de hacer una crítica decente, porque The Messengers no tiene idea que criticar. Es un película que nace de una premisa sugerente y luego se arma con trozos prestados de otras historias, porque los Pang no saben que hacer con su niño semi-autista que ve fantasmas.
Amigo lector: si durante el visionado de The Messengers de pronto cree estar viendo El Resplandor, luego Terror en Amytiville y después Los Pájaros; no se asuste: ni está perdiendo la cabeza ni su cuñada está cambiando de canal traidoramente mientras usted da cabezadas (porque seguro que viendo esta película dará cabezadas, créame); es simplemente que The Messengers es todo eso y más, mucho más. Barra libre para todos.
La película carece de un mínimo hilo argumental que aúne tantas y tantas escenas prestadas, de igual modo que un álbum de fotos familiares no tiene presentación, nudo ni desenlace. Mientras jugamos a reconocer las diferentes películas que los Pang fusilan en The Messengers, los directores tienen la bondad de marcarnos todos los sustos a la manera habitual, no vaya a ser que entre tanto plagio-homenaje nos perdamos alguno: hay sombras que cruzan la pantalla, objetos que se mueven de repente, criaturas que emergen de un pozo de barro, tienen la piel azulada, ojos en blanco y se mueven muy de prisa... y el típico "¡chan-chan!", claro. Un susto no es un susto si no va acompañado de un "chan-chan" de los de toda la vida. Decía Antonio Salieri (F. Murray Abraham) en Amadeus que al público de ópera había que señalarle cuando debía aplaudir por medio de una fanfarria y un buen estruendo. Eso sería el equivalente clásico al "chan-chan" de las películas de sustos.
Es una pena que los hermanos Pang no incluyesen el "chan-chan" (o el "pang-pang". Jaja) en el momento de la película que más falta hacía: el final. De ese modo muchos acomodadores de cine se habrían ahorrado tener que despertar a un buen puñado de espectadores durmientes en sus butacas.
Y la próxima entrada se la dedico a Terry Gillian: lo prometo.