SUPER 8 (2011) de J. J. Abrahams, con Elle Fanning y Joel Courtney.

  

Vayan a ver “Super 8”. En serio. Háganlo. Y llévense a sushijos, si quieren alejarlos de la perniciosa influencia de “Disney Channel” ysucedáneos. Siempre corren el riesgo de que, después de verla, se conviertan enprogenitores de una prole de zumbados que los persiguen a todas partes con unacámara en la mano queriendo rodar una “peli de zombis”. Pero les advierto queeso será mucho mejor que tener que comprarles todos los discos de Selena Gómezo tararear la última de Hannah Montana camino del curro que les ha pegado suhijita, tan mona ella, de pronto quiere ser cantante de noche y niña pijacaliforniana de día. Por su bien. Por el bien de sus hijos: vayan a ver “Super8”. Ya.

He disfrutado con cada uno de sus indisumulados homenajes aun cine que ya no se hace: desde las maquetas de monstruos Aurora hasta losniños que dicen tacos. Vayan a ver “Super 8”. Por favor. Vayan.

Hay muchas cosas por las que habría que dar las gracias a J.J. Abrahams tras esta película. Quizá la más importante de ellas seademostrarnos que los niños en el cine pueden hacer algo más que estudiar enescuelas de magia o ponerse a cantar chorradas en medio de un partido debaloncesto. Los niños de “Super 8” saben actuar -¡y sin cantar!-, y lo hacenbien, muy bien, los jodíos. En escena se comen a los mayores, a los secundariosy hasta el marciano, si se deja, que se deja, porque el marciano de la películatampoco es nada del otro jueves (“tu cara me suena… ¿no salías en “El laberintodel Fauno”?). Vayan a ver “Super 8”. No esperen a terminar esta crítica. Vayanahora mismo.

Allá, en algún lugar perdido en Dios sabe dónde, el difuntobuen cine de Spielberg debe de estar mirando hacia el mundo de los mortales y asintiendocon la cabeza. Y en el más acá, una legión de adolescentes talluditos (bigardosde treinta pa’ arriba), damos gracias al señor Abrahams por traernos estajoyita y devolvernos algo que hacía tiempo que no sacábamos del cine: una sonrisa.Vayan a ver “Super 8”. Háganlo, no se arrepentirán.

Es ruidosa, es incoherente a veces y no es original. Sipensaban decirme eso, no se molesten: les veo venir; pero “Super 8” tiene algode lo que carecen otras muchas que cuentan con los mismos defectos: está hechacon mucha inteligencia y conoce el público a quien va dirigida más que elpúblico mismo. Un público cansado del cine pretencioso, barroco, impersonal ylleno de artificios que pueblan nuestras carteleras. Es la reconciliación entrecrítica y público, entre industria y virtuosismo. La historia del cine nosdemuestra que las mejores cintas son aquellas que parten de una idea simple, ya lo único que aspiran es a desarrollarla con rectitud, sangre fría y sinengaños. ¿Y eso qué significa exactamente? Vean “Super 8” y lo entenderán.

Quizá piensen que me ciega el entusiasmo y que me faltaperspectiva y objetividad. Puede ser. Pero antes de juzgarme, permítanme queles de un consejo, si no lo he hecho ya: vayan a ver “Super 8”. No pierdantiempo. Jamás había sido tan sencillo obtener tantos minutos de simple yhermoso disfrute.

Y ya está bien: vayan a ver “Super 8” de una vez y dejen deleer bobadas.

EL RITO, de Michael Hafstrom, con Anthony Hopkins y Colin O'Donaghue

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Estaba dispuesto a tomarme en serio “El Rito” hasta que reventó con un clímax propio de “Noche Sensacional”. Su primera parte, rodada de forma aséptica y eficaz, cercana al documental, me recordó en momentos a su ilustre predecesora de William Friedkin, y hasta parecía que sería capaz de despegarse de su sombra. Pero el argumento se rinde y acaba imitando lo peor de “El Exorcista” sin siquiera molestarse en disimularlo. Podría haber sido una gran película, pero se muere en el intento, se va de cabeza al infierno y nadie se molesta en exorcizarla. Tampoco pasa nada: si los demonios le echan un vistazo se morirán de vergüenza ajena y buscarán argumentos más serios para poseer; con “El Rito” no tienen nada que hacer: es una película sin alma.

 “El Rito” cuenta la historia de un joven de suburbios llamado Michael Kovak (Colin O’Donoghue) que se siente asfixiado en una vida monótona y decide entrar en un seminario. Bien. Vale. Yo también he tenido amigos que en un momento de sus vidas han decidido buscarse, pero les daba por irse de Erasmus a beberse hasta el agua de los floreros, a ninguno se le ocurrió meterse a cura. En fin, no seamos crueles: sólo es un Mcguffin.

Michael tampoco se siente motivado en su nueva vida religiosa, entonces uno de sus maestros, el padre Matthew (Toby Jones, el Truman Capote que no ganó un Oscar) tiene una idea de bombero retirado: “eh, Mike, veo que tienes dudas de fe: ¿por qué no te haces exorcista?”. Toma ya. Parece que el padre Matthew no ha leído el “Ritual Romano”. Yo sí: y en él se dice que sólo los sacerdotes de sólida y probada fe pueden realizar exorcismos. Pues la hemos jodido.

Michael llega a Roma y allí comienza su formación y los mejores 20 minutos de todo el film. En Roma conoce al padre Lucas (Anthony Hopkins), la Mary Poppins de los exorcistas: excéntrico, brillante y seguro de sí mismo; el azote de los demonios. Junto al padre Lucas, Michael asiste al arduo exorcismo de una adolescente embarazada llamada Rosario (Marta Gastini). Aquí la película se encarrila: Anthony Hopkins está bien, el argumento se crece y nos muestra una sutil lucha entre la razón (Michael) y la fe (padre Lucas) con algún sustito de vez en cuando, pero en general con un cierto aire de veracidad. No sigan leyendo a partir de aquí si quieren que “El Rito” les sorprenda, porque están a punto de poseerme los demonios del spoiler.

Entonces ocurre algo terrible: Rosario muere y la película entra en barrena, todo al mismo tiempo. Creo saber lo que pasó: Michael Petroni, guionista de “El Rito” apareció en una reunión de producción y dijo: “chicos, acabo de ver una película muy chula, se llama El Exorcista; y he sacado un montón de ideas fantásticas para nuestro guión, que también va de curas”. Así que el señor Petroni transformó una película que aspiraba a ser seria en un cachondeo de mil demonios (naturalmente). Resulta una ironía cruel que en un momento de la película el padre Lucas diga: “aquí no verás cabezas girando ni puré de guisantes”.

No. Pero sí verán una habitación llena de ranas, voces de ultratumba en un teléfono, caras de posesos que se deforman, rayos, truenos y relámpagos y hasta un burro con los ojos rojos. Repetimos: un burro con los ojos rojos. Huston, tenemos un problema: la película se nos ha ido de las manos.

Es inútil que Mikael Hafstrom trate de sujetar las riendas con una dirección sobria y en ocasiones hasta interesante. No hay nada que hacer cuando el guión está repleto de fuegos artificiales sin ningún sentido. Empujado por el ambiente argumental de circo de tres pistas, Anthony Hopkins se desmelena y su personaje se convierte en un celebrity de “Muchachada Nui”, Colin O’Donoghue pierde todo interés por el suyo y comienza a actuar como alguien que sólo piensa en cuánto queda para que termine toda esta payasada y cobrar su cheque, mientras el espectador se sumerge en un mar de dudas, entre ellas: “¿qué leches es todo esto?”. Y gatos. También hay muchos gatos. Uno tuerto y todo. Y crucifijos del revés. Y ecos de voces tétricas. Y sombras siniestras en las ventanas… y hasta un cameo de Hannibal Lecter.

La historia comienza preguntándose si el Diablo es o no es real; la respuesta que da en la última parte es deprimente; sí, el Diablo existe, y además es un hortera.

 

OSCAR 2011

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Echar de menos a Billy Crystal durante la ceremonia de los Oscar de este año era algo predecible. Lo que no esperaba en ningún momento era añorar a Hugh Jackman y su coreografía “do it yourself” de la ceremonia del 2009.

Pobre Anne Hathaway. Le dijeron que iba a presentar la ceremonia con James Franco y en vez de eso le endilgaron una especie de autómata casi idéntico en todos los detalles y un guión descongelado en el microondas. Ver a James Franco durante la ceremonia fue como contar los granos del bote de Cola Cao. Su película se llama “127 Horas”. Después de esta ceremonia los términos “127 Horas” y “James Franco” jamás deberían estar juntos. Jamás, en serio.

Llama la atención que en una gala que se supone busca atraer al público joven lo mejor sean los chistes de un Kirk Douglas olvidado por la muerte. Sí. Vale, tuvo su gracia verle tirarle los tejos a Anne Hathaway, pero no era para tanto. O no lo habría sido de no ser porque el compañero de la Hathaway (sí: James Franco) parecía tener menos sangre en las venas que el octogenario Espartaco.

Pero venga, va, no hagamos leña del Franco caído. La culpa no es tanto suya como del lumbrera que pensó que podía hacer un buen papel como copresentador de una Hathaway descompensada (¡Sí, Bruce Cohen: a ti me refero!). Cuando Billy Cristal salió al escenario es probable que muchos tuvieran ganas de agarrarse a sus piernas para que no lo dejase nunca, nunca, nunca más.

La realización de Buce-ejem-Cohen no fue mala: fue ausente. No hubo público porque nadie lo enfocó. La orquesta a oscuras parecían un producto de nuestra imaginación (por cierto, nadie se molestó en decirnos quién la dirigía). Los vídeos fueron inconexos y desganados, la presentación de las canciones que optaban al Premio a la Mejor Canción fue de chiste malo –al loro el cabreo de Gwineth Paltrow y su cara de “¿Qué? ¿Que sólo voy a cantar dos minutos???”-, y la aparición del fantasma de Celine Dyon me hizo desear que se hubiera hundido con el Titanic cuando tuvo la oportunidad. Dios. Celine Dyon cantando a los muertos es la idea que tengo del purgatorio. Como remate final (“last, but not least”) un coro de voces blancas “Made in America” cantando el himno de la Marcha del Orgullo Gay alrededor de una pléyade de ganadores  y nominados henchidos de vergüenza ajena. Y, finalmente, una sola pregunta: “en serio, ¿en qué estaban pensando?”.

Los premios, ah, sí: los premios. ¿Qué decir que no se haya dicho ya estas alturas? ¿Predecibles? Sí ¿Conservadores? Desde luego. Pero la realidad es la realidad: este último año ha sido uno de los más mediocres de la Historia del Cine, y ha ganado la que tenía que ganar: una cinta conservadora, correcta y basada en los tres pilares que fundamentan el gusto de los Académicos: actuación, guión y factura técnica. No se rasguen las vestiduras: La Red Social no es una película de Oscar, sólo es la peliculización de un fenómeno de moda. Algún día nuestros nietos la verán en un pase de “El Peliculón” de Antena 3 y dirán: “psé, no es para tanto”; mientras que “El Discurso del Rey” empezará desde ya a acumular polvo de clásico. En cuanto al resto de las películas… ¿qué más da? ¿a quién le importa? Desde que los brillantes académicos aumentaron a 10 el número de premiadas, esta categoría se ha convertido en un coño de la Bernarda en versión “Oscar goes to…”, y algunas de las que estaban ahí ni siquiera serían dignas de la Bernarda.

Habrá quien clame al cielo y diga que este palmarés es el claro ejemplo del mercadeo que domina en Hollywood. Seamos sinceros: de no ser por una brillante labor de publicidad, “El Discurso del Rey” nunca habría llegado tan lejos. Sí. ¿Y qué? ¿Acaso no fue así como ganaron su Oscar otros clásicos como “La vuelta al mundo en 80 días”, “El Golpe” o “Infiltrados”? ¿No fue el marketing puro y duro lo que otorgó su primer Oscar a leyendas como Liz Taylor, James Coburn o Frank Sinatra? Los mismos que deploran estas prácticas suelen ser los que ven los Goya y les parece supernormal que una academia que huele a salchichón de Vic premie a “Pa Negre” como mejor película. Y ahí queda eso.

Hollywood es Hollywood. Ahí está su grandeza. Y en la esperanza de que, pese al Franco de este año, estoy seguro de que el que viene será mucho mejor. Yo, desde luego, no pienso perdérmelo.

(A continuación, y para los que han pasado de leer mi catálogo de paridas divagadas, una síntesis de lo mejor y lo peor de la ceremonia)

LO MEJOR:

- Sandra Bullock presentando el Oscar al mejor actor. A esta chica hay que empezar a tomársela muy en serio.

- El video-presentación del inicio de la Gala. Ahí aún parecía que el binomio Hathaway-Franco podía funcionar bien. Por cierto: me encantó James Franco entrando en el escenario grabando con el móvil la platea para colgarlo en su twitter.

-La intervención de Billy Cristal. Lástima que su cirujano plástico le odie a muerte.

-Kirk Douglas presentando un Oscar. En realidad tampoco tuvo tanta gracia, pero siempre hace ilusión que los académicos saquen a alguno de sus dinosaurios a pasear (no hablo de Anette Benning llevando de la mano a Warren Beatty)

-El gag en el convertían en musicales algunas de las películas del año como Harry Potter y Eclipse. Tampoco es que fuese un chistaco, pero tuvo su aquel…

-La madre de Anne Hathaway y la abuela de James Franco. El año que viene deberían presentar ellas la Gala.

-Anne Hathaway. De acuerdo: no estuvo brillante, pero teniendo en cuenta que tuvo que hacer casi todo el trabajo de presentación ella sola (James Franco andaba de cuelgue mental), merece figurar aquí. No perdió la sonrisa ni la dignidad en ningún momento y, además, está muy bien la chica.

LO PEOR:

-James Franco. En todo su esplendor. Nunca debieron sacarlo de aquella grieta… o al menos no para presentar los Oscar.

-El traje de flamencorra con peinado imposible que le sacudieron a la Hathaway a mitad de la ceremonia.

-El coro de niños cantando “Over the Reinbow” al final. No se me ocurre un colofón más hortera en el que no aparezca Carmen Lomana.

-Javier Bardem vestido de blanco. Espeluznante.

-Celine Dyon haciendo estremecer a los muertos en sus tumbas. James Cameron: algún día pagarás por esto, lo juro.

-Coppola de convidado de piedra. Ya se lo hicieron el año pasado a Lauren Bacall y también me pareció una vergüenza. Al cabronazo que decidió dar los oscars honoríficos en una ceremonia aparte de la oficial deberían darle una paliza.

-El Oscar a Toy Story 3. Ya sé que me gano muchos enemigos con esta apreciación, pero es el cuarto año consecutivo que este premio se lo lleva Pixar, y esto ya empieza a tener un tufillo sospechoso (ABC, la cadena que retransmite la ceremonia, es propiedad del imperio Disney).

-En general lo desangelado, rutinario y grisáceo de todo el conjunto de la Gala. Como si por el hecho de estar todos los premios cantados de antemano, a nadie le importase mucho el envoltorio.

 

EL DISCURSO DEL REY (de Tom Hooper, con Colin Firth y Geoffrey Rush)

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Diez notas sobre "El Discurso del Rey".

 

1.- Gracias, Dios mío: después de "Avatar" pensaba que habías maldecido el mundo del cine para siempre.

 

2.- La clave de un guión brillante: tomar una pequeña anécdota entre los dedos y añadirle, poco a poco, delicados detalles como chispas de ingenio hasta crear un foco de luz lleno de matices. Predicción número uno: Oscar al mejor guión adaptado (y si algún lector no confía en mis dotes de pitoniso, le remito a mi crítica de "Precious")

 

3.- Predicción número dos: Oscar al mejor actor principal... y aquí la imágen de mi bola de cristal se pixeliza, como mi TDT: al principio aparece la imagen de Colin Firth, pero de vez en cuando se parece sospechosamente Geoffrey Rush (Shine, Sade, Barbossa... y ahora Lionel Logue), el cual roba la película en el último fotograma del film, con esa mirada que hace entender que un buen actor está a años luz de cualquier cosa que salga en las teleseries españolas.

 

4.- Helena Bonham-Carter (Elizabeth Bowes-Lyon). Casi. Hace lo que puede. Sabe de qué va el rollo y yo diría que incluso entiendo a donde quiere ir a parar pero... va ser que no.

 

5.- Michael Gambon (Jorge V) y Timothy Spall (Winston Churchill), mimetizados con sus personajes (no daba un duro por Timothy Spall)

 

6.- Derek Jacobi (Arzobispo Lang). Pinchazo. No por mala actuación, ojo, si no por un cásting episcopalmente desafortunado. Además, ¿a quién se le ocurrió maquillarle como a la abuela de Bilbo Bolsón?

 

7.- Fotografía soberbia: planos hostiles y puntos de vista tensos. Así vería el mundo Bertie, y nos identificamos con él mucho más.

 

8.- Gran banda sonora. Buen tino acudiendo a Beethoven: ¿para qué pagarle un pastizal a John Williams si lo mejor ya se escribió en el siglo XVIII?

 

9.- Alguien debería regalarle a Guy Pierce (Eduardo VIII) una buena crema exfoliante por su próximo cumpleaños... Y mi más sincera felicitación al arqueólogo del equipo de cásting que ha desenterrado a Claire Bloom (Reina María) de Dios sabe dónde. Sólo el penitente pasará.

 

10.- Quizá no sea la mejor película del año, pero quédense con esta cantinela: "and the winner is... for The King's Speech". La van oír repetida muchas veces una próxima noche en Hollywood, y sin tartamudeos de ningún tipo.

EL AMERICANO (The American, de Anton Corbijn, con George Clooney. 2010)

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Me niego a aceptar que “El Americano” es una buena película. Contrasto algunas críticas y me encuentro con expresiones como “nunca menos que hermosa” (New York Times) o “película conmovedora” (Roger Ebert) (inciso: los críticos patrios, quien lo iba a decir, dan más en el clavo y apenas sobrepasan un entusiasmo leve en sus comentarios). Yo me niego a aceptarlo. Me rebelo. “El Americano” no es hermosa ni conmovedora: es una película agónica, irritante e innecesariamente lenta. Emplea dos horas (¡dos horas, por el amor de Dios!) en narrarte, desgranarte, analizarte, detallarte y pormenorizarte en todos los sentidos posibles una trama que podría resolverse en lo que dura una cortinilla de antena 3. Me abstengo de intentar siquiera resumir una sinopsis, porque cualquier intento de sinopsis o resumen de la trama, por escueto que fuese, se convertiría en un spoiler.

   Mientras veía “El Americano” me sentí como si estuviese siguiendo a una babosa durante kilómetros y kilómetros de desierto, una babosa especialmente lenta que, de vez en cuando, me suelta un trocito de argumento; y así hasta llegar al final, cuando junto todos los trocitos y me doy cuenta de que, en realidad, podía haberme ahorrado el camino. La película comienza con una secuencia prometedora e impactante... y, de pronto, entra en coma profundo y llega muerta al final. Como el espectador.

    “El Americano” es de esa clase de películas en la que los diálogos están llenos de puntos y frases cortas.

    - Hola (punto) ¿Cómo estás? (punto)

   - Bien (punto)

   - Voy al baño (punto) Ahora vuelvo (punto)

  - (punto)

   - (punto)

    Es de esa clase de películas en las que nadie puede mantener una conversación normal porque la vida es demasiado intensa como para perderla en crear frases subordinadas. Es de esa clase de películas en las que una mirada vale más que mil palabras. Que cualquier palabra. Que cualquier cosa.

    Hay un momento sublime en todo el film, que no desvelaré por si algún lector suicida tiene interés en ver “El Americano”. Sólo diré que incluye una mariposa y una mujer equivocada. Es bueno. Es realmente bueno, pero, que Dios me ampare, no cometan el error de tragarse 120 minutos de coñazo filmable sólo por un segundo de inspiración.

   Y mientras en nuestro doloroso camino hasta el final de la película vamos recolectando los pedazos de trama, los realizadores nos amenizan el camino con decenas y decenas de secuencias innecesarias, lentas o simplemente tontas. Veremos a George Clooney haciendo abdominales, llamando por teléfono, conduciendo, haciendo armas, hablando por teléfono, conduciendo, haciendo abdominales y, si nos fijamos bien, puede que haciendo abdominales, conduciendo y hablando por teléfono. Concedo que pueda existir alguien en el mundo que encuentre fascinante contemplar a George Clooney durante dos horas (hagan la prueba si quieren: no hay ni un solo fotograma en el que no aparezca), pero hubo momentos en que desee fervientemente volver atrás en el tiempo y alterar los índices de audiencia de “Urgencias”.

     También (¿por qué no?) estoy dispuesto a conceder que haya personas que no vean nada raro en un pueblo como en el que transcurre la acción de la película: Un pueblo en el que se cometen dos asesinatos en el mismo día y a todo el mundo parece darle igual, y en el que en mitad de una procesión el cura y los monaguillos pueden salir corriendo detrás de un tipo y el resto de feligreses siguen andando detrás del santo como si nada. Si algo así ocurriese en la Procesión del Silencio de Aguilar del Campoo –por poner un ejemplo-, lo más seguro es que los del pueblo se llevasen a gorrazos al cura hasta la sacristía, con intervención probable de la Guardia Civil; pero en la película todo parece indicar que Castel del Monte es un pueblo abúlico y anodino… pero no tanto como para no tener un burdel de lujo, putas de alto standing y un cura políglota.

    Sinceramente: no vean esta película. No lo hagan. Hay miles de mejores maneras de pasar dos horas de nuestro tiempo. Si lo que quieren es una buena película con un ritmo lento y contemplativo pero al mismo tiempo con una trama apasionante y llevada con inteligencia, alquilen Déjame Entrar. Recordé este título durante una de las interminables secuencias de El Americano, mientras miraba anhelante hacia la puerta de la sala y pensaba: “por favor, déjame saliiiiiir…”

LOS PILARES DE LA TIERRA

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Podría haber disfrutado mucho más de “Los Pilares de la Tierra” si no hubiese leído antes la novela de Ken Follet. Ahí está problema. Yo –como millones de personas- conozco la novela demasiado bien, tanto como para sufrir mareos y malestar general cada vez que el mastodonte televisivo de los hermanos Scott se alejaba un ápice del original literario. Y lo hacía. Muchas veces.

        Es de esperar que una adaptación literaria no sea fiel al original (especialmente si el original es un ladrillo con el que se podrían calzar las mesas del Palacio de Liria). Sufrí mucho al descubrir que la serie se merendaba sin más ni más la parte en que Jack Builder busca la inspiración en el Camino de Santiago, hirieron mi orgullo cañí, qué le vamos a hacer. No obstante lo comprendí. Un novelón de mil páginas forzosamente ha de adelgazar para poder pasar cómodamente por la pantalla de televisión.

      Lo que no entiendo es por qué era necesario cambiar el sentido de los personajes. Ken Follet aparece acreditado con el vago título de “asesor”. ¿Asesoró el señor Follet a los guionistas para que revirtieran el sentido de sus personajes? Y, en caso de ser así, ¿por qué diablos lo hizo? Es decir: él ya tuvo mil páginas de oportunidades para hacer y deshacer personajes a su antojo y supongo que si finalmente quedaron como quedaron fue porque al señor Follet le gustó el resultado. Sin embargo, llega la serie televisiva y al parecer las creaciones literarias que tan validas le parecieron en el libro, en la tele ya no le sirven.

      Por ejemplo: en la novela original Reagan Hamleigh se nos describe como una matrona repulsiva, y en la serie se transforma en una vistosa Sarah Parish a la que se la ha ido un pelín la mano con el maquillaje. Mi desconcierto alcanzó cotas estratosféricas en la escena en la que baña a su hijo, el malvado William, y se nos insinúa a bofetones una suerte de relación incestuosa entre ambos. Creo que el señor Follet debería releer su propia novela antes de asesorar guionistas.

     Más misterios: ¿por qué el enfrentamiento entre el prior Phillip y el obispo Waleran, tan lleno de matices en el original, se transforma aquí en una lucha entre la Iglesia “del pueblo” –mucho más maja, por supuesto- y la Iglesia “jerárquica” –malísima, claro-; tan tosco como una pelea de gordas en el supermercado? ¿Por qué el hermano Remigius es homosexual? ¿Por qué la reina Matilde es la princesa del cuento? ¿Por qué Alice, la primera mujer de Tom Builder, es un personaje tan francamente desagradable? Podría haber comprendido estos cambios y muchos más de haber sido útiles para adaptar la trama al formato televisivo, pero están ahí sin motivo, sin razón… como si los guionistas hubiesen pensado que, por una u otra razón, los personajes originales no daban bien en pantalla.

     Sufrí un poco viendo “Los Pilares de la Tierra”. Soy bastante friki y reconozco para mi descrédito como futuro Premio Planeta que he leído y releído la novela de Follet tantas veces como Luis María Anson dice haberse leído el Quijote. Cada vez que la serie me tiraba a la cara una de sus muchas y gratuitas alteraciones del argumento original, me sentí poco menos que insultado; e incluso en algún momento estuve a punto de llamar a Peter Jackson, Fran Walsh y Philipa Boyens para que viniesen al rescate (su guión de la trilogía del Señor de los Anillos debería estudiarse en la Escuela Hogwarts de Adaptaciones Cinematográficas). Me atrevo a decir que cualquier seguidor de la novela opinaría igual que yo.

        Bien. Soslayando el hecho de que los hermanos Scott han hecho la adaptación de una novela que yo no he leído, debemos reconocer que visualmente es un trabajo eficaz. Nada brillante, pero aguanta el tipo. Para semejante material quizá se habría agradecido una dirección más grandiosa y menos dada a filmar a ras del suelo. El director de “Los Pilares de la Tierra” es Sergio Mimica-Gezza, quien trabajó de ayudante de dirección en películas como “La Lista de Schindler” o “Salvar al Soldado Ryan”, también en “Inspector Gadget”; por lo visto aprendió más de ésta última que de las dos primeras. Lástima.

      El reparto aporta el mayor atractivo de un producto que, por lo demás, se conforma con mantener un perfil medio. Actúan bien, se creen lo que hacen y aunque, sobre todo los más jóvenes, no pueden evitar caer en ramalazos propios de actuación televisiva (mucha mirada intensa); son el principal acceso para que el espectador entre de lleno en la historia. Magnífico Ian McShane en un papel muy agradecido (Waleran Bigod), pero aún mejor –mucho más contenido- Matthew Macfayden (Phillip) en un papel a priori -¿captan el juego de palabras?- menos jugoso. Lástima que los guionistas lo hayan embrutecido en el proceso de adaptación: Philip daba mucho más de sí. Mención especial merece Natalia Wörner (Ellen), que hace creíble al personaje más inverosímil de toda la trama. Por otro lado considero que Donald Sutherland (lord Shiring) está penosamente desaprovechado en un personaje que podían haber cubierto con alguien más baratito y con la mitad de talento. Así no me extraña que esta broma medieval les haya costado 40.000.000 millones de dólares.

THE MESSENGERS (de Oxide y Danny Pang, con Kristen Stewart y Dylan McDermott. 2007)

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   Debía haber dedicado esta entrada a hablar de lo último de Terry Gillian, pero no he podido dejar pasar esta oportunidad. Por fin ha llegado. Después de muchos años de espera ya podemos disfrutar de la definitiva Película-Homenaje a todos los filmes mediocres de terror de los 90. Yuju.

 

   En el póster promocional de la película podemos leer lo siguiente: "Es un hecho demostrado que los niños tienen una percepción especial hacia lo sobrenatural. Ellos ven lo que los adultos no pueden y creen lo que los adultos niegan. Y tratan de avisarnos". No intenten sacar nada más de The Messengers: se obtiene más resultado tratando de ordeñar un sofá-cama.

 

   Imagino a los hermanos Pang (nombre apropiado donde los haya) tratando de vender la idea a un productor tendente a la caridad: "trata de un niño un poco autista -sí: un poco autista- que ve fantasmas y los señala con el dedo, pero los adultos no ven nada". "Oh, pues suena muy bien, señores Pang, ¿y qué pasa luego?" Y ese es el momento en el que los Pang, que no tienen ni zorra, se dedican a improvisar tratando de colarle al productor caritativo trozos de las pelis de terror que han visto ultimamente. Y lo peor es que los cuelan.

 

   Lo que los Pang hacen con The Messengers no tiene nombre. Toda película de terror, por mala que sea, merece tener un argumento: aunque cojee por todas partes, aunque dé risa, aunque sea menos innovador que una cinta española de la Guerra Civil. ¡Vive Dios! ¡Merece tener uno! A The Messengers la han negado ese derecho inalienable, y con ello me niegan a mí la posibilidad de hacer una crítica decente, porque The Messengers no tiene idea que criticar. Es un película que nace de una premisa sugerente y luego se arma con trozos prestados de otras historias, porque los Pang no saben que hacer con su niño semi-autista que ve fantasmas.

 

   Amigo lector: si durante el visionado de The Messengers de pronto cree estar viendo El Resplandor, luego Terror en Amytiville y después Los Pájaros; no se asuste: ni está perdiendo la cabeza ni su cuñada está cambiando de canal traidoramente mientras usted da cabezadas (porque seguro que viendo esta película dará cabezadas, créame); es simplemente que The Messengers es todo eso y más, mucho más. Barra libre para todos.

 

   La película carece de un mínimo hilo argumental que aúne tantas y tantas escenas prestadas, de igual modo que un álbum de fotos familiares no tiene presentación, nudo ni desenlace. Mientras jugamos a reconocer las diferentes películas que los Pang fusilan en The Messengers, los directores tienen la bondad de marcarnos todos los sustos a la manera habitual, no vaya a ser que entre tanto plagio-homenaje nos perdamos alguno: hay sombras que cruzan la pantalla, objetos que se mueven de repente, criaturas que emergen de un pozo de barro, tienen la piel azulada, ojos en blanco y se mueven muy de prisa... y el típico "¡chan-chan!", claro. Un susto no es un susto si no va acompañado de un "chan-chan" de los de toda la vida. Decía Antonio Salieri (F. Murray Abraham) en Amadeus que al público de ópera había que señalarle cuando debía aplaudir por medio de una fanfarria y un buen estruendo. Eso sería el equivalente clásico al "chan-chan" de las películas de sustos.

 

   Es una pena que los hermanos Pang no incluyesen el "chan-chan" (o el "pang-pang". Jaja) en el momento de la película que más falta hacía: el final. De ese modo muchos acomodadores de cine se habrían ahorrado tener que despertar a un buen puñado de espectadores durmientes en sus butacas.

 

   Y la próxima entrada se la dedico a Terry Gillian: lo prometo.

LA CIUDAD PERDIDA (THE LOST CITY, de Andy García, con Bill Murray. 2005)

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No esperaba grandes cosas de La Ciudad Perdida (The Lost City). Llevaba meses en mi estantería de DVD's con el celofán todavía puesto, como ese sobre de choped con aceitunas que se compra un día en un arrebato de originalidad y acaba muriendo triste y solo al fondo de la nevera. Tampoco se suelen esperar grandes cosas del chóped con aceitunas. La Ciudad Perdida está dirigida por Andy García, producida por Andy García, protagonizada por Andy García y (oh-oh), sí, adivinen quién compone la música: Andy García. ¿Descorazonador? Pues aún no han visto nada: la protagonista del filme es Inés Sastre. Supongo que ahora se entiende por qué esta película me producía una pereza inmensa.

 

   Pues bien: lo que parecía un pretencioso ejercicio de onanismo cinematográfico por parte de Andy García (productor, director, compositor, etcétera) resulta ser un filme de buena calidad y de resultados más que dignos. García merece una palmada en la espalda y yo ser castigado a comerme todo el chóped con aceitunas, por desconfiado.

 

   Me ha gustado La Ciudad Perdida: es una película llena de buenas intenciones y con evidente mimo por el detalle. Creo saber lo que García pretendía con el filme y considero que lo consigue. Sin embargo su película pasó sin pena ni gloria por las carteleras hasta terminar muerta de sueño en el fondo de mi estantería para DVD's, ¿por qué? Creo saber la respuesta: La Ciudad Perdida en realidad no es una película del 2005 si no anterior. Muy anterior. García nos narra una la historia tal y como lo haría Samuel Bronston. La Ciudad Perdida habla en el idioma de 55 Días en Pekín o La Caída del Imperio Romano. Es una épica de los años 60 rodada a principios del siglo XXI, para un tipo de espectador que ya no existe hoy en día, o bien es muy minoritario. Qué pena, penita, pena, porque La Ciudad Perdida tiene muchas cosas buenas.

 

   Dura lo mismo que aquellos mastodontes de Bronston. 145 minutos son demasiados para los tiempos que corren, salvo que seas Peter Jackson y puedas ofrecer algún hobbit a la audiencia. También vemos las mismas cosas: escenas intensísimas con muchas lágrimas, colores brillantes a la manera de homenaje al technicolor, grandes angulares nietos del cinemascope, personajes sacudidos por el destino, sagas familiares que se desploman en medio de grandes melodramas, despedidas, muertes dramáticas con sus correspondientes frases lapidarias, personajes históricos, una plantación de tabaco, guerrilleros, fiestas de alto copete y estrellas de Hollywood que aparecen y desaparecen por la pantalla para dar lustre y esplendor (ahí tenemos a Dustin Hoffman pasándoselo en grande reinterpretando a su manera el personaje de Hyman Roth de El Padrino II, durante sus poco más de 15 minutos en pantalla). Es un filme de otro tiempo. Un regalo para cinéfilos con su puntito de nostalgia, pero claramente condenado a ser un producto de minorías.

 

   El guión, obra de Guillermo Cabrera Infante, es uno de los puntos fuertes del filme, aunque en ocasiones cercano al virtuosismo literario. Esto tiene como consecuencia que los personajes  sean caracteres de novela, dificiles de asimilar a la vida real: siempre saben qué decir, cuándo decirlo y cómo decirlo. Una creación especialmente afortunada es el personaje de El Escritor (así aparece en los títulos de crédito) interpretado por Bill Murray en uno de esos papeles que tan bien se le dan de tipo estrafalario y socarrón. El resto de actores está a la altura del producto, y se agradece que se haya optado por un reparto mayoritariamente hispano, lo cual contribuye a crear un ambiente muy veraz durante la mayor parte de la película.

 

   La película narra la saga de la familia Fellove, donde hay de todo: el patriarca bueno, sabio y juicioso (Tomás Milian), el hijo idealista (Nestor Carbonell), el hijo rebelde y medio tonto que la acaba liando parda (Enrique Murciano), el hijo responsable y bueno (Andy García) y la cuñada que está buenísima (Inés Sastre). Al comienzo del filme todos son tan felices que uno sabe que eso tarde o temprano tendrá que acabar como el Rosario de la Aurora. No nos equivocamos: sacudidos por la tormenta de la Revolución Castrista, a los Fellove les suceden unos dramas gordísimos, y la vida les pone a todos a prueba como a cualquier personaje de folletín. Hay romance, pasiones y tipos con barba que fuman puros y son más malos que pegar a un padre; todo ello acompañado por ritmos cubanos, en una Banda Sonora muy lograda. En general se destila devoción y nostalgia en el retrato que hace Andy García de la Cuba de mediados del siglo pasado.

 

   También podría hacerse mucha sangre de esta película, pero no creo que lo merezca: es una historia contada con honradez y buen hacer, y sólo por eso creo que se gana el que nos mostremos indulgentes con sus fallos. O con casi todos ellos. El día que Inés Sastre fue contratada para el papel de Aurora Fellove fue un día negro para la historia de los cástings cinematográficos. No entiendo qué se les pudo pasar por la cabeza. Mientras el resto de actores se afanan por rodar una película, Sastre se pasa dos horas y media actuando en un anuncio de El Corte Inglés: la secuencia del baño en la playa me hizo pensar en la temporada primavera/verano del 2010.

 

   Por lo demás, no hagan como yo: si tienen el DVD de La Ciudad Perdida no lo dejen morir de asco en el fondo de la estantería y denle una oportunidad. Hay formas mucho peores de pasar una tarde en casa.

MOON (de Duncan Jones, con Sam Rockwell y Kevin Spacey. 2009)

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   Moon es un deja vu de 83 minutos de duración. Comienza la película y nos encontramos en el interior de una estación lunar a base de grandes paneles blancos y discretas luces cenitales, muy de Ikea del Espacio Exterior; vemos también a un robot con una lente móvil que habla con voz sosegada y relajante y a un tipo con un mono que de lejos hasta tiene un cierto aire a lo John Hurt. Lo primero que pensamos es: "esto ya lo he visto antes". Seguramente sea cierto. Duncan Jones, el responsable de Moon, se declara admirador de las películas clásicas de Ciencia-Ficción: está claro que a Kubrick se lo ha inyectado en vena. Moon más que una ficción futurista parece haber viajado en el tiempo desde los años 70 a la actualidad.

 

   La trama: Sam Bell (Sam Rockwell) es un astronauta que vive en la luna recolectándo un mcguffin. Vive en estricta soledad con la única compañía de un robot marisabidillo llamado HAL..., perdón, quise decir GERTY, al que pone voz Kevin Spacey hablando como si estuviera recién levantado. Quizá lo estaba. La historia se complica después del necesario prólogo de soledad espacial: parece que Sam tiene visiones, o no... después hay un accidente, una aparición de alguien que no debería estar allí, conspiraciones por parte de una malvada multinacional galáctica, etcétera, etcétera... He de reconocer que durante un momento me perdí totalmente, pero sin embargo aquello me gustó: el filme alcanza un punto en el que todo lo que vemos es tan extraño que nos clavamos ávidamente al argumento esperando ser sorprendidos. Luego los misterios comienzan a explicarse en una solución que nos decepciona ligeramente, como pensando (¡ALERTA SPOILER!): "ah, era eso: es una peli de clones". A partir de ese momento la trama se echa a descansar y vaga lentamente hacia un desenlace correcto, pero no apasionante.

 

    Puedo decir sin temor a equivocarme que es uno de los films de clones más interesantes que he visto, aunque quizá su finalidad sea un poco oscura. Posee un tratamiento demasiado serio para una película de mero entretenimiento, pero si lo que pretende es llamar nuestra atención sobre la humanidad de los clones y denunciar la práctica de usarlos como mano de obra barata, me temo que se adelanta unos cuantos años a un debate social aún por llegar. Todavía no hemos pasado de las ovejas. Su mensaje, si es que lo tiene (y parace la típica película concebida para tenerlo) se pierde en algún momento. El director se pone trascendente e intimista para decirnos no se sabe muy bien qué, ni se sabe a quién.

 

    Un último apunte para Sam Rockwell, que lleva adelante con dignidad un papel nada sencillo, en quien cae el peso total de la película pero cuya presencia no resulta cansina ni agobiante. Si bien no es dificil para un actor lucirse en una película en la que sólo él mismo puede robarse las escenas. 

 

   Quédense con el nombre de Duncan Jones. Quizá su debut haya sido algo frío (inconvenientes de rodar en la luna. Jaja), pero después de haber visto Moon no me cabe duda de que será capaz de ofrecer cosas mucho más interesantes (y sin clones) en un futuro no muy lejano.

RICARDO III (de Richard Locrane, con Ian Mckellen y Anette Benning. 1995)

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   Me gusta Ian McKellen, creo que es uno de los pocos actores que realmente transmiten disfrutar con lo que hacen. Al igual que Orlando Bloom convierte en polvo cualquier personaje que cae en sus manos, Ian McKellen posee una admirable habilidad para hacer de cualquier cosa una lección de interpretación. Se merienda a Shakespeare como si fuera un pincho de tortilla y convierte platos precocinados (el Magneto de X-Men o su ya clásico Gandalf) en pijaditas de nouvelle cuisine; y lo mejor de todo es que siempre parece pasárselo en grande.

 

   Ricardo III es su película: desde el original "Llega el invierno de nuestro descontento" (que comienza ante una multitud y termina en privado en un urinario, de cara a la cámara) hasta uno de los finales que más me han impactado últimamente, por su hábil referencia cinematográfica: aquel James Cagney gritando enloquecido "I Do it, mum; i'm at the top of the world!" en Al Rojo Vivo (white Heat. 1949) se convierte aquí en un maligno Ricardo III despeñándose hacia un foso de llamas, con una sonrisa en los labios, mientras suena de fondo "I'm Sitting on the top of the world" de Al Johnson. Y, mientras, aún resuenan en nuestros oídos sus últimas palabras, dirigidas a su archienemigo Enrique Tudor: "vayámonos juntos, si no al cielo, entonces al infierno".

 

   McKellen convierte al absolutamente corrompido Ricardo de Gloucester en un personaje cinematográfico, arrancándolo del teatro. En 1955 Laurence Olivier dirigió y protagonizó su propia versión del drama más siniestro y oscuro de Shakespeare: aquello era como encender una vidocámara en un teatro y dejarla puesta hasta que se fuese el último espectador. McKellen tira de cabeza a Ricardo al mundo del cine y lo transforma en una especie de Scarface, en un Vito Corleone en salsa de Hannibal Lecter. Su forma de mirar, de hablar y de moverse (jorobado, tullido y manco; no obstante atractivo) nos sugieren la hipnosis repulsiva de un reptil. Él es la película.

 

    Vemos a desfilar a su alrededor a un elenco de estrellas que se rinden antes de luchar: una Anette Benning que hace ímprobos esfuerzos por entender un papel, el de Reina María, como el manitas que trata de descifrar la instrucciones de la lavadora escritas en francés; un Jim Broadbent (Lord Buckingham) que se deja robar todas sus escenas sin oponer resistencia; un Robert Downey Jr. (Lord Rivers) que se pasa la película preguntándose que diablos hace allí con esa gente que habla tan raro, y una Maggie Smith (Duquesa de York) agarrándose a su papel como una viejuna a un ligue otoñal. Todos, actores y personajes, bailando al son que McKellen les dicta. Su Ricardo es artero, encantador, repulsivo, absolutamente amoral... y sin embargo es capaz de crear con el espectador una firme camaradería, como si compartiésemos con él su secreto, y eso hace que miremos al resto de actores como a una panda de pobres idiotas que se merecen todo lo que se les viene encima.

 

    Richard Loncraine dirige ese alarde con corrección, pero sin especial brillantez. La revolucionaria premisa original podría haber dado más de sí: la acción se traslada de la Inglaterra del siglo XV a los años 30 del XX, en una suerte de ucronía, que nos presenta a Ricardo como un líder fascista. A semejante premisa le habría ido bien una fotografía más oscura, y una cámara más valiente: parece que el director de fotografía ha consultado el libro "Cinematografía para Principiantes" y se lo ha empollado bien, pero aquí habría hecho falta otra cosa: menos James Ivory y más Zack Snyder. La secuencia de la batalla de Bosworth, que debería haber sido un clímax épico, resulta tan mediocre como una reyerta callejera.

 

   Es una lástima, porque el sugerente cambio del marco temporal habría podido convertir un film "de actor" en una obra maestra. Se podría dar un cachete a Richard Loncrane en las manos y decirle: "director malo: hoy te quedas sin postre". Es muy feo por su parte dejar que McKellen haga todo el trabajo. Al timón de este filme habría sido necesaria la mano de un capitán más valiente y con menos miedo a los experimentos.

 

   Otra cosa: a Shakespeare no le sienta bien el siglo XX. Los personajes hablan y actuán como tipos del Renacimiento y en ocasiones desconcierta un poco ver a los York y a los Lancaster haciendo el ganso en los días en que la gente ya decía tacos sin sonrojarse. Ya sé que sugerir adaptar el lenguaje shakesperiano al siglo XX puede sonar chirriante, pero seguro que no menos que oir a Ricardo III en plena batalla de Bosworth, sentado en un jeep de combate, diciendo eso de: "¡un caballo, mi reino por un caballo!". ¿No le iría mejor un carro de combate? Vamos, digo yo.

PRECIOUS (de Lee Daniels, con Gabby Sidibe, Mo'Nique y Mariah Carey. 2009)

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    No recomendaría a nadie ver Precious. Tampoco recomendaría levantarse un sábado a las cuatro de la mañana para ver un amanecer o correr todos los días veinte kilómetros, a pesar de que son actos de los que se sacaría un gran provecho. Más o menos algo así ocurre con Precious. No obstante creo que estamos ante una gran película.

 

    Seré raro, pero suelo evitar las películas que hieren mi sensibilidad: Precious hace más que eso: la hiere, la machaca, luego la mastica y después regurgita los restos para dárselos de comer a sus tortugas. Si algún conocido les asegura que Precious no le conmovió hasta el tuétano, desconfien: puede tratarse de un ciborg superinteligente haciéndose pasar por ser humano. 

   

   Decía Jardiel que lo que aburre no es Arte: en ese caso Precious es una obra maestra. No aburre: golpea, nos retuerce el corazón y nos hace encogernos en la butaca, pero no nos aburre. He aquí una película que lleva el sello oficial de "Nominada" al final de los títulos de crédito.

 

    Precious será la producción Indie de supermercado del presente año cinematográfico, como en su día lo fueron Juno o Pequeña Miss Sunshine. Comenzó su andadura en Sandance, donde se fue con regalo en la cartera, y ahora acaba de pasar por el Festival de San Sebastián, llevándose recibido el Premio TCM del Público. Reconozco que al principio me sorprendió, sin embargo, analizado con calma, Precious dispara tan bajo que por fuerza acierta en la diana. Está en la línea de una tradición fílmica que hunde sus orígenes en Los Mejores Años de Nuestra Vida (The Best Years of Our Lives. 1946) y sigue un tortuoso camino lleno de malos rollos y docenas de klínex empapados en lágrimas, a través de obras como Philadelphia (Philadelphia. 1993) o Las cenizas de Ángela (Angela's Ashes. 1999). Melodramas dorados.

 

  Un melodrama funciona igual que una película de terror: apela a nuestra vena más masoquista. Lo que sucede es que un melodrama siempre será más premiable que "una de miedo", ya que puede bordear el oscuro foso de los filmes de género pero sin llegar a caer en él, gracias a tramposas piruetas. Auguro a Precious una vida larga y llena de éxitos, haciéndo pasar malos ratos a millares de espectadores. Virtudes no le faltan: la dirección es coherente y en ocasiones audaz e imaginativa (como los sucesivos escapismos mentales de la protaginista: ya sea protagonizando una sesión fotográfica llena de glamour o viéndose en el espejo como una chica blanca y delgada); los actores hacen gala de una solvencia admirable, muy en especial Mo'Nique en su papel de Mary, la madre de la protagonista, que borda una interpretación monstruosa e hipnótica. Mary es un ser repulsivo, pero llena la pantalla con su presencia y acabamos pidiéndo más. Saco mi turbante de pitoniso y preveo una nominación al óscar al canto: me apuesto lo que sea con quien haga falta. Puede que incluso tengamos aquí a la ganadora del oscar a la Mejor Actriz de Reparto de este año, siempre y cuando en el intervalo no muera alguna actriz mediocre y le acaben dando un óscar postumo porque hace bonito. ¡Ay, Hollywood, Hollywood...!

 

   Quizá el filme se acerca demasiadas veces al País de los Golpes de Efecto con giros argumentales que parecen muy forzados (¡ALERTA SPOILER!) ¿Es necesario que, después de todo su calvario existencial, Precious además haya sido infectada de Sida? ¿No era ya suficiente con lo que habíamos visto? Me recuerda a cuando en las pelis de terror adolescente te dejan caer algún cadáver destripado más antes de los títulos de crédito, por si acaso. Precious tiene muchos recursos propios de los Survival horror, y no me refiero a la presencia de Lenny Cravitz.

 

   Lo repito: será un éxito, y puede que un pequeño fenómeno de masas. No se engañen: una película no puede ser tan independiente como pretende cuando en ella actuan dos estrellas de la MTV y oculta en las bambalinas de la producción se agazapa Oprah Winfrey. Ánimo, Oprah, algún día te lleverás a casa el Oscar que nunca te dieron por El Color Púrpura. Tú no dejes de intentarlo, rica: Precious es un boleto con muchas posibilidades de ser premiado, si no con el gordo, al menos con alguna pedrea.

MA 6-T VA CRACK-ER (de Jean-François Richet, con Axel Aïdan. 1997)

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   Ma 6-t va Crack-er es una película que apenas se puede describir con palabras. Los adjetivos "innecesaria", "superficial", "pretenciosa" o "inconexa" no le hacen justicia: se quedan cortos. Ma 6-t va Crack-er empieza siendo un galimatías desde su propio título y alarga un sinsentido de imágenes carentes de historia, de lenguaje y de conflicto durante 105 larguísimos minutos. Al finalizar expirementé una inmensa sensación de estafa.

 

   El film trata patéticamente de explicar el orígen de los disturbios que tuvieron lugar en París, en los barrios de inmigrantes, cuando aparcar tu coche en la calle significaba tener que ir al día siguiente al trabajo en un montón de cenizas con ruedas . El tema en sí resulta atractivo, y entristece pensar lo mucho que habría dado de sí en manos competentes. Lo que en realidad nos encontramos es una visión superficial y plagada de clichés de corta y pega. No es un acercamiento cinematográfico ni analítico del problema: es la idea preconcebida que tendría un niño pijo de barrio bien con una conciencia social tramada a base de consignas de taza de recuerdo. No conozco a Jean-François Richet, el director, pero lo imagino perfectamente en su terraza de varios metros cuadrados en el centro de París, agitando un vaso de Chivas en la mano mientras piensa: "eh, alguien debería hacer una peli de esos pobre chicos marginales que queman coches". Mon Dieu.

 

   El director no entiende a sus propios personajes, con lo cual mucho menos los vamos a entender nosotros. No los estudia, no trata de comprenderlos: simplemente los hace actuar como chicos malos de barrio marginal sin explicarnos por qué. Lógico. Él mismo no tiene ni pajolera idea. Imagino que lo único que Richet sabe de la vida en un barrio obrero es lo que ha leído en los periódicos y lo que ha visto en las películas de gángsters. Tiene la desfachatez de hablarnos de un mundo que le es completamento ajeno y encima parecer trascendental, algo parecido a lo que hace Ana Rosa Quintana cuando se lamenta del drama de las clases desfavorecidas.

 

   Sus personajes no tienen sentido: se limitan a dar vueltas por un argumento sin hacer, pegando tiros y diciendo palabrotas. No tienen vida ni tienen historia. No sabemos por qué hacen lo que hacen y, en realidad, tampoco nos importa: lo único que deseamos es que lo dejen de hacer cuánto antes para poder largarnos a la calle echando leches. Al final, en un clímax que nace muerto, nos deja la impresión que los disturbios de París se produjeron por que a un grupo de chavales les negaron el pase a una discoteca. Todo muy profundo.

 

   La película está plagada de escenas que enervan por su propia estupidez. En el mundo de chico bien pero con conciencia, tío, de Richet; los polis son como la Guardia Imperial de Darth Vader, ¡incluso se bajan la visera del casco al unísono antes de darle caña al inmigrante! Me imaginaba a los agentes de la Gendarmería parisiense entrenándo la forma de bajarse todos la visera del casco al mismo tiempo: "muy mal, agentes, muy mal: hasta que no lo hagamos todos a la vez, no salimos a dar palizas indiscriminadas". Y los polis se ponen muy tristes. Nada hay en la película que invite a tomártela en serio.

 

   El lenguaje narrativo es atroz, si es que podemos decir que existe. El director no sabe si está filmando un documental, un videoclip, o una peli de León de Aranoa. acompañando a los títulos de crédito, vemos a una chica vestida de guerrillera enfrente de un croma: ¿quién es esa señora? ¿La azafata de la revolución? Vemos que tiene un niño cogido de la mano (¿Por qué, cielos, por qué? ¿Es el Mesías de la clase obrera? ¿Es un sobrino del productor? ¿Es otra tomadura de pelo? Por desgracia parece que la respuesta a todas estas preguntas es "sí"), y empezamos a hacernos a la idea de la que se nos viene encima. El montaje es digno de un borracho, o de un montador al que no han pagado y se está cobrando venganza: las historias paralelas, ya de por sí incomprensibles, se entrelazan unas con otras sin ningún tipo de orden y sin que nadie parezca tener el más mínimo interés por que el espectador comprenda hacia dónde se dirigen. La trama se muere de puro mareo. El tiroteo fínal es de chiste, que comienza con una cámara lenta que no viene a cuento y luego se deja sin terminar. Hay escenas que suscitan un mínimo de interés (como el partido de baloncesto o la persecución a la carrera por la ciudad) pero que se alargan hasta la náusea, como si tratasen de comprobar hasta donde puede agantar la concentración de un espectador sin pedir explicaciones. 

 

   En un momento dado uno de los absurdos personajes de la película reflexiona en voz alta: "debe haber algo más allá de todo esto". Lo hay: justo al otro lado de la puerta de la sala, y si sabemos lo que nos conviene, tomaremos ese camino lo antes posible.

DESDE EL INFIERNO ("From Hell", de los Hermanos Hughes, con Johnny Depp. 2001)

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   Mientras veía Desde el Infierno (From Hell) no pude evitar acordarme una y otra vez de Asesinato por Decreto (Murder by Decree), una película para la televisión de Bob Clarck, estrenada en 1979. De hecho, de no asegurarnos en los títulos de crédito que Desde el Infierno está basada en un cómic de Allan Moore, casi parecería un remake.

 

    Seamos sinceros: cuando uno se encuentra frente a una película de las caras y no deja de compararla con un telefilme de hace veinte años, es que algo va mal; si además en dicha comparación es el telefilme es el que sale ganando, los Hermanos Hugues deberían preguntarse seriamente en qué en fallado, darse golpes de pecho y rasgarse las vestiduras.

 

    Creo que uno de los grandes lastres de Desde el Infierno está en su protagonista. He visto bombonas de butano con más carisma que el del inspector Abberline, papel que interpreta Johnny Depp con el piloto automático puesto. Se nota cuando Depp se interesa por algún papel porque deja escapar algo del histrión que lleva dentro. Depp puede ser muy expresivo cuando cree en lo que está interpretando, pero si se aburre en un papel se limita a ir de un lado a otro de la pantalla poniendo cara de póster y tratando de ocultarse detrás del pelo. En esta película, además, su personaje es un adicto al opio, y todo parece indicar que en las escenas del fumadero había algo más que simple tabaco en la pipa: hay veces que dan ganas de sacudir a Depp por las solapas para que se le pase el cuelgue y tire a la basura su contrato con esta película.

 

   En Asesinato por Decreto nos narraba el sugerente enfrentamiento entre Sherlock Holmes y Jack el Destripador. En Desde el Infierno se nos cuenta lo mismo, pero sustituyendo a Sherlock Holmes por un tipo francamente abúlico con cara de adolescente a punto de sufrir un amarillo. Su supone que el inspector Abberline es un tipo triste y amargado porque perdió a la mujer que amaba y al niño que esperaba de ella: en realidad a Depp todo eso parece importarle un carajo. Y a nosotros también.

 

   El resto de la película son un puñado de viñetas filmadas sin el más leve rastro de credibilidad. Trata de hacernos ver que Londres es un lugar oscuro, sórdido y real; pero acaba cayendo en manierismos de parque temático: el ambiente de White Chapel está tan coreografiado como un musical, e incluso las putas son chicas limpias y simpáticas que de vez en cuando sueltan algún taco para recordarnos que viven en los bajos fondos. Francis Ford Coppola en Drácula nos presentó un Londres victoriano irreal, casi onírico, pero lo hizo de manera honrada: su película en ningún momento deseaba ser un documental de la 2 sobre la Era Victoriana y sí un ejercicio de barroquismo y estética. Por eso Drácula, aún con sus carencias, es una película memorable y Desde el Infierno estaba destinada desde su estreno a ser regalada con el dominical de "La Razón".

 

   Entretiene, porque el argumento, aunque sobado, es muy eficaz. Jack el Destripador oculta en realidad una conspiración regia para ocultar los excesos del Duque de Clarence. Hay masones, muertes violentas y putas. Con mucho menos Dan Brown hoy en día se suena los mocos con billetes. Si bien los masones de esta película son un poco raros: dicen ser una sociedad, secreta, pero en una escena vemos a uno de sus miembros con un anillo masón y un alfiler de corbata masón del tamaño de cinco duros de los de antes. No podemos evitar preguntarnos si llevará también sus calzoncillos masones.

 

   La solución al misterio previsible por un fallo garrafal de guión: si el asesino es un médico y entre los protagonistas del film sólo hay un médico... en fin, que ya me entienden. No es comprensible que los Hermanos Hughes hayan decidido mantener oculta la personalidad del destripador cuando es un secreto a voces desde el primer minuto (¿por qué cuando no está asesinando habla como una persona normal y cuando descuartiza señoras parece el primo cazallero de Darth Vader?), desvelarlo al espectador no habría desmejorado en nada el interés de la historia, que se mantiene por otro motivos.

 

    Otra cosa que me intriga de las películas de la Era Victoriana es que siempre hay "artistas invitados". Parace que una película que transcurra en Londres a finales del siglo XIX y no incluya todo un elenco de personajes famosos es como una tortilla sin huevos: en Desde el Infierno, aunque no sea en absoluto necesario, vemos a la Reina Victoria, al Hombre Elefante y se nos sugieren alusiones a Drácula y al Doctor Jeckill. Sólo faltaba Sherlock Holmes. Y se le echaba de menos: de haber estado presente quizá la película hubiera sido algo más que un producto de usar y tirar. Mañana mismo me compro Asesinato por Decreto en DVD.

El Limonar (de Eran Riklis, con Hiam Abass y Ali Suliman. 2008)

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Confieso que, así de primeras, el cine isarelí no es uno de mis campos de conocimiento más amplios. No pertenezco a ese privilegiado grupo de personas que son capaces de citar al menos a tres cineastas israelíes, es más, en lo que se refiere a la relación de los judíos con el cine, me sacan de Louis B. Meyer o Woody Allen y estoy perdido.

 

   Por ese motivo, encontrarme de pronto con "El Limonero" fue para mí una agradable sorpresa. ¡Resulta que hay judíos no hollywoodienses que hacen cine! ¡Que la Virgen del Carmen y el Rabino Hillel nos asistan! Y no sólo eso, si no que además hacen un cine bastante asequible y fácil de ver.

 

   Asequible y fácil de ver. Qué bonitas palabras. Es importante remarcar esta idea, sobre todo para ir mentalizándonos de que no todo el cine que viene de Oriente Próximo son dramas tremebundos sobre señoras que viven un calvario para que no se les vea un cacho de ceja. Algo de eso hay en "El Limonero", pero no mucho. Vayamos por partes.

 

    "El Limonero" posee una textura agradable, luminosa... casi diáfana. Quizá la fotografía no sea una obra de Arte, pero no transmite la sensación de haber sido grabada con la videocámara que regalaban en el concurso de los yogures, lo cual es muy de agradecer. Hay, eso sí, algunos experimentos lumínicos que desconciertan un poco. Estoy pensando en ese fogonazo que se produce de pronto a espaldas de los protagonistas, en el clímax romántico del film, como si fuera de cámara se estuviese manifestando la Virgen de Lourdes. No entendí muy bien su sentido ni su significado: ¿es un símbolo de que en la oscura vida de la sufrida protagonista se ha colado, cual Marisol, un rayo de Luz? Podría ser, pero al estar rodado casi todo el metraje en una factura tendente a los tonos claros, el contraste no es tal y su significado se hace difuso. ¿Quizá fue un tramoyista descuidado que pisó sin querer el botón de la lámpara de la esquina? ¿Una señal de que besarse mola? No lo sé, y aún le sigo dando vueltas.

 

    Es un película asequible en cuanto a que su historia, con un poso ciertamente agrio (como los limones. Jaja), está narrada con un optimismo que tiene mucho de buenrrollista. La historia cuenta las desventuras de la viuda Salma Zidane. El hecho de que en un momento dado veamos una foto de Zinedine Zidane clavada en la pared de la casa de la viuda nos dice mucho sobre el tono de la película general. No: la viuda y el exmadridista no son parientes.

 

    La viuda Zidane se gana la vida criando limoneros y, según suponemos, vendiendo limonada a granel y preparando una especie de mejunge fermentado del cual guarda decenas de tarros en casa. Digo, "según suponemos", porque una de las impresiones que nos deja la película es que la viuda Zidane duerme demasiadas horas y no parece que tenga mucho que hacer. También parece que la viuda vive con modestia, aunque su plantación de limones es casi del tamaño del Santiago Bernabeu, qué casualidad, justo el campo donde solía jugar Zidane.

 

   La paz amarilla de la viuda se ve turbada cuando al solar contiguo a su latifundio limonero se muda nada menos que el Ministro de Defensa Isarelí con su señora. El Ministro de Defensa tiene pinta de constructor enriquecido a base de pelotazos y, según se nos insinua, se trajina a su secrataria, que es una chica muy mona que trabaja con una especie de disfraz de Barbie Fuerzas Armadas. No estoy muy al tanto de la política interior israelí, pero, ¿no está siendo procesado ahora cierto exministro acusado de acoso sexual? Las tentaciones de establecer paralelísmos son tan grandes como los taconazos de la Barbie Secretaria, que Jehova me ayude...

 

    La esposa del Ministro es una mujer sufrida y callada, inmersa en pleno síndrome de nido vacío, ya que la hija de ambos estudia en Washington y es una pequeña neocon en potencia. A lo largo de la película, la viuda Zidane y la ministra consorte comparten miradas intensas y cargadas de simpatía. Si yo mirase así a mis vecinos al cruzarme con ellos en la escalera seguramente no volverían a darme la espalda. Ambas mujeres se respetan mutuamente en una suerte de camaradería femenina que se nos insinúa a lo largo del todo el film. Habría quedado mucho más verosímil si además de respetarse hubieran intercambiado algunas frases.

 

    Los problemas vecinales se mascan en el ambiente. Los Servicios Secretos Israelíes deciden que el limonar de la viuda Zidane es un refugio idóneo para terroristas y que debe ser talado de inmediato. Por si eso fuera poco, el Ministro hace una fiesta y le roba los limones a la viuda para sus mojitos, mientras su esposa la mira respetuosamente. Creo que un argumento similar ya se usó en "Aquí no hay quien viva".

 

    El resto de la historia capea como puede el hecho de que el principal problema sea un quítame allá esos limones. Cisjordania es una de las zonas más conflictivas de Oriente Próximo. Allí muere gente y el estado cuasi bélico es constante. Cuesta creer que se organice la que se organiza por un simple limonar. La escena en la que la viuda recibe el completo apoyo del gobierno de Noruega roza la parodia. "La señora Zidane podrá recurrir a Oslo siempre que lo desee", dice en rueda de prensa el amable diplomático. Salvo que la viuda quiera cambiar sus limones por arenque ahumado, no sé muy bien qué tipo de ayuda pueden ofrecerle. Detalle encantador: también figura España entre los valedores de la señora Zidane. Gracias, Zapatero.

 

    Hay una historia de amor entre la viuda y su joven abogado, que es uno de los personajes más artificiales del film: han querido hacerlo tan pluridimensional que finalmente uno no acaba teniendo claro si es un bastardo sin conciencia, un idealista con barbas o simplemente un pobre idiota que no sabe ni lo que quiere. Y, sí, también hay una escena de juicios, lo que demuestra hasta que punto tuvieron los guionistas que dar piruetas sobre la historia para sacarle partido al tema de los limones. "Este limonar ha dado un vuelco a mi vida", dice en un momento dado la esposa del Ministro. Esto es lo que se llama una hipérbole judía.

 

    Lo sorprendente es que con una premisa tan falsa la película funcione. Un director que saca algo de semejante material es, por fuerza, un tío con talento. Mezcla un relato basado en maniqueísmos descafeinados (la viuda palestina es muy buena, el Ministro judío es un poco malo, su mujer es buena y el abogado es un tonto con pintas mitad bueno, mitad ni se sabe), una premisa argumental inverosímil y un puñado de personajes que se pasean por ahí sin que se sepa muy bien para qué (el anciano que cuida el limonero o el soldado que estudia silogismos en su garita de vigilancia) y, ¡tachán!, sin saber muy bien cómo, le sale un film bastante digno. Para disfrutar de "El limonero" es previamente necesario apagar esa zona del cerebro que sufre con las lagunas argumentales. Una vez hecho esto, pasamos un rato agradable con una historia bien filmada, en general bien interpretada (soberbia Hiam Abass en su papel de viuda) y un tono amable y balsámico.

 

   Sólo un par de apuntes más: en el "Imdb.com" califican la película con las palabras "drama" y "sitcom". Analizado el argumento, el último adjetivo encierra mucha más verdad de lo que parece. También me informa de que la película ganó el Premio Panorama en el Festival de Berlín. No me sorprende: después de probar los aliños de ensalada que hace mi compañera de piso, no me cabe duda de que cualquier cosa mejora con un poco de limón... aunque quizá en esta película se les ha ido la mano con el aliño.

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